---REFLEXIONES DOMINICALES----

DOMINGO 9º T. ORDINARIO

CONSTRUCTORES DE NUESTRA VIDA

La relación entre la vida humana y las edificaciones es un lugar común de comparaciones: La casa limpia y organizada se relaciona con la vida moral del ser humano; la casa con huecos y goteras se convierte en cueva de ladrones, la vida humana con lagunas en la ética acaba en corrupción total. La casa edificada sobre roca es signo de vida que enfrenta todos los peligros y sale airosa.

Hablar de roca es hablar de seguridad y permanencia.  Las dunas de Ica son corredoras y forman  figuras bonitas pero se sabe que al día siguiente ya no están. No dan ni seguridad ni permanencia. Edificar sobre arena o terreno poco seguro es ver el triste espectáculo de tantas obras agrietadas, colegios que se caen, casas que hay que abandonar. Y la vida del hombre es igual. Cuanto más  aparente es la vida, más luces se ponen alrededor, menos ideas se tiene en la cabeza, menos sentido de responsabilidad y más alargamiento se da en los desastres. Muchas veces me pregunto ¿Por qué las personas de la farándula, del cine o del teatro, y en cierto modo también en la política, llevan una vida familiar que da pena y andan buscando siempre escándalos?  ¿En qué están apoyados los cimientos de su vida?  No están en Cristo.

Y si pasamos a la práctica religiosa,  ¡Cuánta arena y cuánta superficialidad!  Se dice que uno es “muy religioso” que “tiene mucha fe” que “forma parte de varias asociaciones”, pero su conocimiento de Cristo y del Evangelio es casi nulo. Y así, vemos a personas que  van a la Iglesia pero su vida moral anda resquebrajada por todos los rincones de los mandamientos y del evangelio. Van a la Iglesia pero: acompañan al centro de abortos, faltan a la justicia en sus relaciones laborales, son clasistas y racistas, hacen del dinero un dios y cierran el corazón a los hermanos. No tienen el menor interés en hacer de la vida algo beneficioso para los demás. La preocupación por el reino de Dios no forma parte de su vocabulario ni de su experiencia del corazón. Por eso Jesús les dice: “No los conozco”. Es que Jesús conoce a quienes se preocupan por el Reino de Dios, aunque tal vez nunca haya dicho “Señor, Señor”, pero han hecho de su vida un regalo para la humanidad.

Por todo eso, debemos unificar nuestra visión de la Iglesia y del seguimiento de Cristo. Tenemos que ver todas las dimensiones de la vida en Cristo: La dimensión Comunitaria o fraternidad, la dimensión cultual o sacramental, la dimensión histórica o social. Con Cristo iluminamos toda nuestra vida, nos asentamos en él y enfrentamos todas las tempestades que la vida nos trae. Que nunca nos diga Jesús: “Hombres de poca fe, ¿por qué dudaron?”.

 

 

P. ALFONSO BERRADE