---REFLEXIONES DOMINICALES----

DOMINGO 27 T. ORDINARIO

 

Queridos hermanos.

El diálogo de Jesús con los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo que se observa en el evangelio, es el diálogo que también quiere entablar, hoy, con nosotros. ¿Para qué?, para que no repitamos la misma historia, sino que desde la fe mostremos fidelidad y obediencia a su palabra e inspiraciones.
Dios, queridos hermanos, es el propietario del que habla Jesús en la parábola. Los labradores, a los que arriendan la viña, son los dirigentes religiosos del Pueblo de Israel. Los enviados para recoger los frutos son los profetas a quienes los dirigentes no hacen caso. El Hijo es Jesucristo a quien terminan matándolo para quedarse con la viña.
Hermanos, el compendio de la historia de la salvación que se nos muestra, en la parábola, nos revela el gran amor que Dios tiene para con nosotros. Pero también revela el gran egoísmo del corazón humano que se aleja de su creador, encerrándose en la soberbia y haciendo de su corazón, un corazón insensible y duro como la piedra. Pero a pesar de esta actitud, Dios que es fiel, nos sigue buscando e invitando a la conversión.
Jesucristo con su muerte y resurrección ha sellado la nueva alianza con nosotros, el nuevo pueblo de Dios, y nos ha entregado su viña (las promesas del reino en el mundo) para que la trabajemos y hagamos que dé fruto abundante. Qué tarea y compromiso tan grande que nos pide el Señor, ¿Verdad?, ya que desde nuestro bautismo nos pide conversión diaria para responder con alegría y fidelidad a sus invitaciones.
Hermanos, ¿Cuáles están siendo nuestros frutos de fe, a la invitación del Señor?, ¿No estaremos repitiendo la misma historia de Israel, cerrando nuestro corazón a su palabra?. No dejemos pasar la oportunidad que nos brinda el Señor. Hagamos de nuestra vida una ofrenda agradable a sus ojos. Que nuestros frutos de amor al Señor sean el crecimiento en la virtud, de las que nos habla san Pablo en su carta a los Filipenses: Caridad, pureza, escucha, diálogo, paciencia, entendimiento, aceptación, perdón y unidad. Y estas sean plasmadas en la vida familiar, social  y eclesial.
Quiera Dios, hermanos, encontrarnos listos y preparados para cuando él nos llame. Y escuchar al final de nuestras vidas, aquellas palabras maravillosas que Jesús dirige  a sus amigos fieles: “Vengan benditos de mi Padre, a gozar de la herencia eterna… porque cada vez que ayudaron a unos de mis hermanos, los pobres, conmigo lo hicieron”.
Les invito pues a enraizar nuestra vida en la persona de Jesús y guiados por el Espíritu Santo, y no por el poseer y dominar, produzcamos frutos de amor, unidad y paz en nuestra Iglesia.



 

Bendiciones.

P. Arturo Aguirre Rojas, C.M.